martes, 28 de abril de 2009

Mi ultimo café

Es una tarde gris, y fría como ninguna, el asiento frente a la ventana de mi apartamento me da una vista sobrecogedora del piso catorce en el que vivo. Mi café se enfría mientras el viento vuela las hojas del libro que aun no termino. Me parece todo tan opaco, el cielo y sus nubes, el pájaro y su nido, el árbol, la habitación, la gente que pasa por la vereda, el humo de las máquinas, los otros apartamentos de la calle de enfrente ,esta tarde, hasta mi vida,

Y todo me parece absurdo, gris y absurdo como mi soledad. El viento guía del frío me quema el rostro al permanecer frente a la ventana, ya ni el café sirve para entibiarme. El reloj acaba de avisarme con su bip que ya son las seis y cuarto, pero no parece haber hora, es todo tan plano, gris y frío,

Pareciera que el tiempo se ha congelado, o es quizás la monotonía de las tardes. Trato de encender mi vida entonces, con un cigarrillo de esos que ni marca tienen, pero que tranquilizan por piteada a este enorme hielo que se ha apoderado de mi, está todo tan silencioso que me asusta, entonces comienzo a imitar la melodía que se escucha a lo lejos, de las grandes máquinas. Eso parece apaciguarme un poco. Acaba de posarse una mosca sobre mi café, y zangolotea sus alas al son del vapor que se escapa de la taza, se frota las patas como si se las quisiera limpiar antes de cenar, ¿pero que porquería limpiaría si es una porquería? . . . no me molesto en espantarla, por que probablemente este sea su última comida antes de morir. La mosca ha volado, saciada ya de la amargura dulce que le brindó mi café, quien sabe que rumbo tomó al volar, quizá se fue en dirección equivocada, quizá es por eso que se mueven de un lado a otro como si no supieran a donde ir, como si estuvieran desesperadas. . . como yo. No tengo ni un interés, entonces, en beber mi café, lentamente hago un gran esfuerzo, me levanto del sillón y me asomo a la ventana (que frío es aquí arriba), tomo la taza de café y lanzo su contenido Por la ventana hacia fuera. Está tan frío que el café llegó al suelo como una lluvia helada, viajó antes, elegante, sobrio, sutil, imponente, cada vez más poderoso y con más fuerza hasta caer, sin miedo al suelo convirtiéndose solo en una mancha. Entonces la idea me pareció seductora, el aire, la velocidad, la gloria, dejar atrás la porquería tal como el café dejó a la mosca, tener tanto poder, tanta fuerza y llegar al suelo para convertirse en una mancha, una mancha bien roja, una sublime.

Mariajo V. A.

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